© 2016 Juana Ramírez

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SOBRE EL MONTE NATIVO, DE ROBERTO ECHAVARREN

 

 

     Yo le decía a Roberto en un correo de meses atrás que El monte nativo me había movilizado, que lo había hecho sin mayores transiciones y que, por supuesto, no sabía muy bien por qué. Tendría que releer y explorar mi propia experiencia de lectura para abordar una respuesta que se convirtiera, por cierto, en una conjetura sobre las posibilidades de este poema, cuya contundencia procede mediante una fuerza acumulativa que desgrana expansiones que implosionan de continuo. Estas palabras que ahora digo no son más que un intento de acercarme brevemente estas interrogantes bajo una convicción que me fue acompañando de principio a fin y que, en suma, define la cuestión central de toda creación poética: su calidad artística, es decir cómo la creatividad de una construcción poética sorprende por la potencia de su propia materialidad inédita, por cómo su espectáculo se nos detiene un instante ante los ojos para proseguir su vértigo y, en esa rítmica, proponer nuevas configuraciones de la vida en fuga.

 

     El monte nativo es un excelente poema único, si se quiere como su anterior Centralasia, lleno de logros que son inminencias y de inminencias que son logros, de impactos de lo eminente/inminente barroco que se vuelve espeso, fluido e indecidible en el derrame que hace al juego de sus volutas, en la desmesura que, sin dejar de ofrecer la memoria de una medida, la idea inventiva de algo medible y medido, la expone como un fondo que tiene que desplegarse para ser desbordado. La poesía de Echavarren borda en ese desborde, precisamente.

 

     En Uruguay, la marca de lo nativo es ambigua: trae lo local con sus colores, un estado de lo telúrico, una fosilización ganada por un exceso de la solemnidad de los clisés camperos que criollismo y nativismo desgastaron y fundieron tantas veces en fatigosas variables del patriotismo. Pero es ahí que Echavarren mueve otra cosa. Porque si en cierto momento el poema trae caballos, bolas de bosta, cañadas, tierra removida, garzas que picotean en el barro, y en una inmersión mayor sobre lo fluvial y/o lo marino “los cangrejos devoran un pez podrido”, nada de esto se recoge en a la manera de un subrayado de localía, sino justamente en los poderes que lo diseminan y los extrañan: el monte, la foresta, lo salvaje, los “montes y riberas”, los “bosques y espesuras” del Cántico Espiritual de San Juan devienen en RE en Cántico espiritusensual sin hiatos, un lugar sobre el que la voz asoma y en que la voz abreva, y de ese modo se dice. En ese lugar se estira y prolifera la línea del tiempo que brota en el ser y lo corrompe, todo lo inquietante que devuelve el pasado para lo que ocurre y ocurrirá. Hay un momento poderoso de esta poesía que no apaga la disrupción de la conciencia, que la afirma como tal:

Así brusca la emoción

trajo a la conciencia unas palabras

y el pasado tomó cuerpo en el presente.

Una ligera conmoción

pretende rescatar al pasado en el presente.

 

     Y poco después, prologada por una imagen que disuelve las posibilidades de la fiesta en lo sólido, una derrota momentánea del fluir (“La botella se descorchó en el freezer/al congelarse el contenido”), irrumpe cierta cristalización del pasado, pero digamos, una cristalización irreductible al objeto, un cristal traído por la emoción a la conciencia, y de allí al “como si” conmovido de las afecciones. Es la instancia breve, sin cifra, en la que parece que va a “rescatar (se) el pasado para siempre”, pero un “este pichón de gorrión/ caído en la vereda tras la lluvia”, “no es el mismo del año anterior”,  posee mil imágenes “por poco que se haya movido”. El poema abre la rareza de los efectos del pasado cuando, como en una revelación, ese pasado llega, escribiendo ante todo sus formas de llegar, sus múltiples perspectivas irreductibles, sus pasados en el pasado y en el presente. Sin embargo, una persistencia vibrátil no se entrega, del mismo modo, a la perspectiva. Hay una permanencia allí:

 

“Sin embargo el afecto perdura.”

 

    Es, todo este, un tramo que no abandona cercanías con algunos gestos y lexemas de lo reflexivo, pero la prioridad de la energía radica en la emoción, que irrumpe, sorprende y a la vez es observada y conservada por la voz. En parte, digo, emerge una voz que emplea acordes de la palabra reflexiva. Yo encuentro cadencias convocadas por la lengua de un pensar, trazas de sensaciones, rastros de logos, breves ralenti en que la sabiduría despide un cierto jugo en función de un pacto, para de pronto empujarse a sí misma, en lo paradójico sustantivo sin sustancia: fenómenos en movimiento, "todo huye a fuerza de aparecer"... Repito, lo sustantivo está fuera de una afirmación de sustancias: es un movimiento, una inflexión Y si por otra parte  El monte nativo no es un poemario ni un poema de la nostalgia del pasado perdido, el retorno, justamente, de lo no mismo aflora en la recordación antes que en una estructuración de la memoria armable:

 

(LEO desde “Me acuerdo cuando era niño” hasta “adonde nuestro corazón quiere ir”)

 

     Este viaje de un “viajero del tiempo”, no al corazón sino “del” corazón, es un momento elevado del salir, de la proliferación de sí. La lluvia como una puerta, el desagüe que corre en una dirección; pero en la corriente del poema esa dirección se vuelve al revés, habla de la carencia de linealidad y de plano estable, hay espiral en movimiento. Y sobre todo, la pátina del caos o caosmos lo impregna todo, entabla la genealogía del mundo del texto y por lo tanto de la voz que lo confirma. La lluvia “canta”, pero no para ver el pasado arrinconado y alcanzar su restauración: canta para ver más lejos, más allá. Es un puente de agua, una correntada que libera de lo mundano, un bálsamo ante la máquina, una pausa. Pero estamos hablando de qué máquina? De la máquina deseante. Qué hay con eso? Cómo se ensambla eso en el poema? Para decirlo de una vez: lo constituye, lo segrega, es lo nativo del poema, lo que lo monta como “naturaleza” y como montaje.

Arrollando con su gesto y su valor, el campo y lo criollo nativo se dan como un flash que se fuga y retorna. Posibles tradiciones se secularizan (se "salvan") en el desborde y desbroce de semejante long poem. De ese modo nos afronta: lo que leo rápidamente me hace crecer el texto más allá de la apariencia de su letra y de los límites de su topografía, y si esto puede ser propio de toda poesía fuerte, aquí avasalla con su ritmo de vibración y avance ("la duración se enrula de repente"), de multiplicación de los lugares y de la materialidad densa del cuerpo, de clítoris, esfínteres, órganos, partes y roces de una fisiología, integrados a lo inapresable que moviliza al poema ("La vida es una topología dinámica,/ nos mantiene sobre ascuas", o "Un termómetro en el remolino, esos somos", es decir ). Pero volvamos: estamos en las tramas del deseo, que no precisan, por cierto, volverse “tema”. Se está en el deseo como se está en el sentido; ese estar es un innegociable del monte nativo, de lo que lo hace nacer. Pasado y deseo se juntan en la mirada:

 

“La vida (…)

modifica el cauce del pasado,

aunque no el modo verdadero

en que suceden para nosotros las cosas del deseo”.

 

     El deseo cobra un momento magnífico en el poema: se derrama en versos que procuran nombrarlo, mientras su objeto se disemina, y no hay duda de que el poema lo sabe, conoce la intemperie o el abismo de los nombres del deseo innominable. Puede nombrarse aquello que al fin de cuentas mueve todo nombrar? La voz poética, entonces, entra en sus efectos, en lo que el deseo hace, en un intento de abrazar su constelación.

 

(LEO, desde “La vida es una topología dinámica” hasta “un regalo hecho a nosotros solos”)

 

     Son estas que acabo de leer algunas de las líneas de fuga que conforman un punto de sabiduría poética,  que coloca a este libro magnífico no solo entre lo mejor de su autor sino de nuestra poesía de los últimos años. Una lección de poesía.

                                                                                         Hebert Benítez 

                                                                                         Presentación en Montevideo, 2016