© 2016 Juana Ramírez

  • Facebook Clean

Eco del Parque de Romina Freschi o coreografía para eco de parque en sueño (Juana Ramirez Editora, 2016)

Siempre encontré en la voz de Romina Freschi el ritmo y el paso corto de lo confesional, el eje de lo doméstico, una voz que se hace, asea, evoca, una voz Romina, una boca roja. Ese color pasión y frágil, como la pintura fresca, trabaja en la inmediatez, tez de una voz pequeña y singular que habita trayectos de cápsula espacial a veces, otras como faz zafada de la plebe, asumiendo el riesgo editorial (Plebella) o como ahora haciendo un caminar reverberante, un Eco del parque.

Eco del parque, es el título de este libro que como señala Roberto Echavarren en su postfacio, es “un poema largo de verso corto, un discurso sostenido con apenas pausas en los espacios para recuperar el hálito.” A vuelo de pájaro y cerrando los ojos en vuelo, este poema- libro de Freschi se me antoja, es el más montevideano de sus libros o al menos el que calza en un mismo zapato al Parque Centenario del barrio porteño de Caballito (inaugurado en 1909) y al Parque Rodó de Montevideo, primero llamado Urbano y que inició su vida en 1889. Un libro que asocia su paso al andar de Nancy Bacelo, o, a las ventanas- umbral de Amanda Berenguer: se hace eco de un andar que inevitable, deviene en lucha, desde el pacto que es paz y sendero para mostrar la maravilla finita del éxtasis: dos patos, una hija, un lago: una fotografía en la tapa es el eco de un pensamiento equilibrado como un ideograma de lo ya pasado.    

 

Hay en Eco del parque, un “cerco de lo binario” donde se (des)habita la voz. El eco y el sueño divididos hacen uno, moldean la aldea, lagunan el “sueño infernal/ continuo/ proyecto de pasado”, donde “queda entonces un hueco sin adentro/ que traduce/ todo lo que consiga/ en viento/ en polvo y sinsentido”. Porque en el eco como en el sueño por más que suene o sueñe “No hay recuerdo/ que traiga a nosotros/ la presencia.” Las palabras que repetimos que amanecemos en verdad son inhabitables: “No hay naturaleza/ en el parque/ sueño y no sueño/ decoran el lugar”. Entonces asistimos a un eco que decora, decora, decora. Y al sueño que en tanto es eco del no- sueño también se transforma en decorado de un amor quebrado de antemano: de un amor soñado por la mano que danza: amor parquizado, urbanizado, amor decorador del éxtasis.

El eco como el parque es también de muerte: “abandoné toda elección/ y esa elección/ me cae encima/ repetida/ aplastante/ funesta capa/ ola de mi propio mar.” Elegir ser humano, poeta, expresar la vida como tal. Volar en el eco del corazón que vira en el latir de (Sor) Juana llenando el (hu)eco propio, “en la falla del hábito”, donde, “Ni el musgo/ ni la piedra/ escapan/ al duelo del cultivo/ ni a la convivencia salvaje/ con el veneno/ encantador de los humanos”.  Así se proyecta la muerte en el eco: como vida ida de vuelta al parque coreográfico.

¿Coreografía del parque, coreografía del eco, coreografía del sueño?

Coreografía monóloga: escritura de la danza.

El cuerpo golpea y la onda se expande, pan de otro cuerpo escucha, se oreja, desreja, danza-se:

Secuencia 1. Parque: Paso 2. Eco, Paso 3. Sueño;

Secuencia 2. Eco: Paso 5. Sueño, Paso 6. Parque;

Secuencia 3. Sueño: Paso 8. Parque, Paso 9. Eco.

Se olvida la vida del danzante, más no de la coreografía colectiva, “Y aparecés/ como un detalle breve/ en la composición de un sueño”.

Eco del parque de Romina Freschi, traza las curvas de mundos que se llenan y vacían en sí como esculturas de barro, como nidos, como moldes perdidos que proyectan el pico, el plumaje futuro. Un poema largo briznado por sólidas fragilidades. Un reverberar que parte el sentido semirrecto: “el espíritu de los lugares comunes” para soltar allá las heces, acá el fruto. Porque “No hay sostén./ Apenas hay goce.” Y entonces, asirse a la hija antes de irse, a los patos, al pensamiento, al lago.

 

 

 

Martín Barea Mattos

21 de octubre de 2016

Las flores, Maldonado, Uruguay