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                                 Sobre La Discrepancia, de Caro García Vautier

 

   Este libro se abre con una pregunta. Preguntar, a su vez, es siempre una apertura. En la pregunta no deja de esbozarse un orden del mundo pero se lo pone en suspenso, se admite su ambigüedad, su falible valor de verdad, el malentendido, la duda. Hay en la pregunta una resistencia a la certeza, a lo inequívoco, a la verdad única, a la posibilidad del entendimiento completo, y por supuesto, a la credulidad.

   La primera pregunta del libro es breve, una sola palabra, no sabemos en principio si verbo, si sustantivo. Deriva del verbo latino tractāre, que implica desde trabajar hasta someter, pasando por estudiar, comerciar y manosear. Hoy por hoy, como verbo, también lo usamos como sinónimo de “intentar”, y como sustantivo, consiste en el tráfico de seres humanos, específicamente mujeres y niños, con fines de sometimiento sexual.

 

Entonces, aquí la pregunta “Trata?”

Y aquí la respuesta “trafica, sí / intenta asirse de alguna niña”

  Todos los sentidos allí desplegados. Sin explicación, pero sin equívoco. No podemos esquivar el sentido justamente porque no es como una bala, sino que es envolvente, como una atmósfera, o una vivencia.

   Entonces sí hay despliegue, esto es, un “deshacer el pliegue” para constelarlo, ponerlo en evidencia, disfrutarlo también. El significante claro que está puesto en juego, sin embargo-  y hay aquí una teoría del barroco - ese juego es un juego que recorre la historia también.

   Hay en el lenguaje huella del estilo, pero también de la historia, una huella que el intercambio (esto es también, la trata) constante de palabras en un sentido restrictivo, prosaico como lo llamarían los formalistas, o puramente comunicacional, siempre está intentando (esto es también, tratando) de borrar, de omitir, de someter (también, tratar).

   Ni la trata ni la esclavitud son novedades. Sin embargo, hay un hito histórico, que es en realidad, como diría María Gutiérrez, un punto que simula estar fijo, pero que enmascara un proceso. Este hito podemos anclarlo al 12 de Octubre de 1492, momento que encadena lo que hasta hace muy poco llamamos “La Conquista”.

   Y estoy leyendo este libro al revés, porque no solo  no he avanzado más allá de los dos primeros versos, sino que ahora retrocedo y observo que esos dos versos pertenecen a la serie “La Conquista”.

   La Conquista es la conquista de América, por supuesto. Pero también, la conquista es parte del campo semántico de lo amoroso, el romance en el que uno, por lo general, un hombre, seduce a las mujeres, convirtiéndolas en sus “conquistas”, objetos contabilizables. Es justamente el personaje de Don Juan de Marco, de Tirso de Molina, el que cristaliza este arquetipo, que une por un lado la alta religiosidad, con el sometimiento sexual y burla al género femenino y de cualquier otro débil.

   Una cosa se pliega sobre la otra, y es el pliegue una clave de lo barroco. La Conquista empuja la trata, es un hito en el proceso de Acumulación Originaria que se condice con la Acumulación Cíclica que vivimos en la base de todas las desigualdades: de clase, de raza y de género. Conquista deviene del latin conquisītum, lo “ganado” que remite claramente a la ganancia, término clave del capitalismo, y al “ganado”, esto es, a la trata de seres vivos con fines comerciales.

   Una clave de la desigualdad es claramente lo binario. Patriarcal o Matriarcal, Occidental u Oriental, Masculino o Femenino, Celeste o Rosa, Machismo o Feminismo, Europa o América, América del Norte o América del Sur, Clásico o Barroco, Racional o Sensacional, Lógico o Estético, Denotativo o Connotativo, Civilización o Barbarie,  y así...

   Willy Thyer, hablando del barroco, nota sagazmente que en la oposición Clásico-Barroco es el término clásico el que sostiene una imagen peyorativa del barroco orientada al sometimiento de la forma barroca, esto es, al sostén de una jerarquía dominante, mientras que el Barroco aboga por la inclusión de las formas clásicas, a la par de otras formas, al modo de la constelación.

   Esto podría, y de hecho se traduce, a la relación que se establece en todas las oposiciones que antes mencioné y que podemos encontrar desplegadas en este libro…

   Y he aquí La Discrepancia: la acción de discrepar, se resiste a increpar, esto es, a decir violentamente, e implica además disentir, esto es, sentir diferente, sentir desigual.

   Asumir la desigualdad, la deformidad, la disención, es desplegar la constelación, el despliegue de lo plegado, oculto, cifrado,  no de manera comunicacional, tampoco de modo científico, ya que no se trata solamente de “explicar”- aunque estas modalidades no se excluyan- pero sí con la inclusión horizontal de un lenguaje que incorpore lo histórico, lo experiencial, lo mágico, lo musical, lo dramático, lo incantatorio, lo dialogal, lo filosófico, lo inconciente, lo surreal, lo alucinante, lo abyecto...

   En ese discrepar se ofrece una resistencia, a modo de ofrenda, como la extensión de una mano para ayudar. Dentro de esa palabra tenemos además otras, lo crespo  y enrulado de un tejido rugoso (crepé) y el cocoliche, crepar, o sea morir (o no morir).  Y es justamente del poema “Entre los pliegues de un papel, crepé” su último verso “la discrepancia”, definida como “lo intrépido de ser desigual:”.

   Y estoy leyendo el libro a contrapelo, no he llegado al final sino que he terminado en el principio, su título. Y he aquí la mejor propuesta de un libro como La Discrepancia: si hay otros modos de escribir, informes, desiguales, esto es, que hay otros modos de leer: “Dados al azar, los infinitos tintineantes” nos propone García Vautier, y sale a saludarnos la historia de la poesía, alucinación que resiste el “facismo cínico”, los “insectos merodeantes clichés”, “la ciénaga mental de las entedenderas”, la “sentencia diluvial del sentido común”, entre otras cristalizaciones que forman y performan el mundo a través de un conocimiento puramente proposicional, sin cuestionamiento alguno, “ideas que queman gente en las plazas públicas” como manifestó Oswald de Andrade.

   No es nada casual que La Discrepancia sea uno de los primeros títulos de Juana Ramírez Editora. Hay allí una conspiración clara.

   Para dar un cierre a esta presentación, que sobre todo para hacer una invitación, voy preguntar junto a Caro García Vautier:

“y este croar de boas dentro?”

 

 

                                                                                                       Romina Freschi

                                                                                                       Octubre de 2016